Desconfianza, corrupción y autoritarismo

por Esteban Laso en 25/08/2013

Esteban Laso
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Agosto 25, 2013 | 2 comentarios| 1.729 Visitas |
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ZAPOPÁN, México — El propósito de este texto es discutir el papel, ya conocido por Adam Smith (Hanley, 2009) y recientemente redescubierto, que la confianza juega en el desarrollo de las sociedades. La relevancia de este tema para el Ecuador estriba en que ofrece una explicación de la corrupción recalcitrante (y quizá del autoritarismo) que trasciende el institucionalismo.

El azote de la desconfianza

En un texto ya clásico, Gambetta sostiene que la mafia creció y se fortaleció en el sur de Italia debido a la desconfianza generalizada que impera en dicha zona. Su argumento es simple: “En Palermo entrevisté a un vaccaro (criador de ganado) que expresó sucintamente los elementos medulares de la hipótesis que quiero exponer: “Cuando el carnicero me viene a comprar un animal, él sabe que quiero estafarlo. Pero yo sé que él quiere estafarme. Así que necesitamos, por ejemplo, de Peppe (es decir, un tercero) para hacernos llegar a un acuerdo. Y los dos pagamos a Peppe un porcentaje del trato”… Hay expectativas mutuas de poca confianza que generan una demanda de garantías para ambas partes y ahí está Peppe… capaz de satisfacer esta demanda y en quien confían tanto el carnicero como el vaccaro.” (Gambetta, 2007, p. 43.)


Estas “expectativas mutuas de poca confianza” configuran lo que en otros contextos (Laso, 2007; 2010) he llamado “sociedad hobbesiana”, cuyos miembros sospechan de sus mutuas intenciones, tienden a aprovecharse defensivamente de las situaciones (no sea que lo hagan los demás), a experimentar las interacciones como juegos de suma cero en los que hay que competir por un fondo común y estático (en lugar de cooperar para acrecentarlo) y a justificar las conductas corruptas y antinormativas como “malas, pero inevitables” en un mundo donde “el grande se come al chico”.

Esta desconfianza es difícil de erradicar: la correlación entre la confianza generalizada (1)El indicador más utilizado para medir la confianza generalizada es un ítem tomado de la “escala de misantropía” de Rosenberg (1956): “En general ¿diría usted que se puede confiar en la mayoría de las personas o que nunca se es lo suficientemente cuidadoso?” que se dicotomiza de modo que el entrevistado elige uno de los dos polos. de los 22 países incluidos en la World Values Survey en 1980 y 1990 es de 0.81 (Uslaner, 2008, p. 26); y de 0.77 en una muestra de 9 de los países latinoamericanos consultados en el Latinobarómetro entre 2001 y 2010 (ver Gráfico 1). Como puede verse, América Latina es una región desconfiada: el promedio global de habitantes que responden “nunca se es suficientemente cauteloso” es de 80.3%.

Gráfico No. 1

Gráfico No. 1

Hay tres razones para esta resistencia al cambio. En primer lugar, al servir de marco a toda interacción, la desconfianza contamina cualquier intento de desmentirla, redefinirla o incluso ponerla en evidencia porque mueve a los circunstantes a ocultar sus verdaderas intenciones detrás de una fachada de cortesía o buena fe y, a fortiori, a considerar las manifestaciones del otro también como una fachada. En segundo, existe una natural asimetría entre confianza y desconfianza: mientras que para confiar en alguien hace falta una historia de interacciones positivas que den cuenta de sus buenas intenciones, basta con una sola traición, por pequeña que sea, para suscitar suspicacia. Y en tercero, se mantiene a sí misma a través de un círculo vicioso: al desconfiar del otro tiendo a dar el primer golpe, lo que confirma su falta de confianza en mí, y viceversa.

Desconfianza, desarrollo…

Mas ¿qué implicaciones tiene este hecho para los problemas de la región? Y ¿no se apoya acaso la mafia también en la confianza –en la medida en que cada implicado en un acto delictivo o corrupto ha de asumir que los demás no lo delatarán?

La respuesta estriba en dos dimensiones que distinguen tipos específicos de confianza (Uslaner, 2003a): estratégica vs. moral y particular vs. generalizada. La confianza estratégica emerge de la historia de una interacción con una persona en concreto y en función de un objetivo determinado que me beneficia. Su “gramática”, como apunta Hardin (2002, p. 9), es “A confía en B en relación con X objetivo o tema”: el dueño de una tienda de abarrotes que fía a su vecino porque sabe que siempre termina pagándole y que así lo “fideliza”. La confianza moral, por el contrario, no requiere de previas interacciones, no nace de la búsqueda de utilidad ni se aplica a una sola persona. Es una expectativa general de la bondad de los extraños que tiene un fundamento moral (en el sentido del “espectador imparcial” smitheano; Kennedy, 2005, p. 52 y ss.): la creencia vívida y tácita de que somos esencialmente iguales, de que los demás comparten nuestros valores; y la inclinación, afectiva y desinteresada, a apoyar a los otros sin esperar recompensa –que da por hecho idéntica inclinación por su parte. Y es esta confianza, que conduce al civismo, la cooperación y la solidaridad, la menos frecuente en América Latina.

Por su propia naturaleza, la confianza estratégica suele ser particular y dirigirse exclusivamente a una persona o grupo, mientras que la confianza moral tiende a ser generalizada y a tomar por objeto a todos los miembros de una clase más o menos difusa: los compatriotas, los colegas, incluso el género humano. La mafia y la corrupción recalcitrante se apoyan en la confianza particular entre los miembros del grupo mafioso o corrupto, teñida siempre de una velada amenaza; nacida de su participación en actividades delictivas o inmorales, los hace sospechar y alejarse de los que no son “de los suyos”, incitándolos a cerrar filas y a competir con los demás grupos por los recursos y espacios de influencia disponibles en la sociedad. Por el contrario, la confianza generalizada incita a la colaboración, la solidaridad, el fair play y la igualdad de trato: “estamos todos en el mismo barco, así que hay que remar parejo”.

Ceteris paribus, las sociedades con baja confianza generalizada tienden a compensarla con una alta confianza particular o intragrupos: si temo que los demás se aprovechen de mí me protejo rodeándome de “los míos” y otorgándoles prebendas a cambio de futuro apoyo. Si no puedo fiarme de que el funcionario de turno me atienda trataré de ganármelo como uno de “los míos” a través de una “cuña” o “padrino”, algo no siempre ilegal pero sí reprochable y que es el pan de cada día en las sociedades latinoamericanas. Al corroer el universalismo –que, como ya comprendiera Kant, es parte indispensable de toda ética– la desconfianza carcome la fibra moral que nutre el tejido social.

…corrupción…

En último término, la desconfianza generalizada parece asentarse en una visión pesimista del mundo y de los otros que se aprehende en la infancia en función del entorno predominante y se mantiene sin mayores alteraciones a lo largo de la vida (Laso, 2010); de ahí que sea recalcitrante. Quienes piensan que el mundo es inhóspito, la vida una lucha y los otros potenciales amenazas también tienden a justificar la corrupción (“alguien lo hará de todos modos, ¿por qué no yo?”), lo que se revela no sólo a nivel individual (por medio de cuestionarios de medición de actitudes) sino agregado.

Gráfico No. 2

Gráfico No. 2

El Gráfico 2 muestra la relación entre desconfianza (% de personas que responden “nunca se es suficientemente cauteloso”) y corrupción (Corruption Perception Index – CPI) para los 77 países de los que se cuenta con datos sobre confianza (2)Fuentes: Corruption Perception Index, Transparency International; World Values Survey, 5th WaveLatinobarómetroAsian BarometerEuropean Values SurveyAfrobarometerEast Asian Barometer.; el ajuste es moderado (OLS; R2=0.30; RMSE=1.94) pero significativo. Los códigos de color responden a una clasificación geopolítica de once regiones que coincide grosso modo con su localización en el plano evidenciando una cierta influencia cultural. Salta a la vista que los países africanos y latinoamericanos se agrupan en el extremo inferior derecho, más desconfianza y corrupción, seguidos de la zona de influencia soviética y los Balcanes.

Este factor geopolítico y cultural permite explicar los cinco outliers más importantes, Vietnam, Indonesia, China, Tailandia y Singapur, pertenecientes todos a la zona de influencia budista-confuciana. Los cuatro primeros juntan altos niveles de corrupción con desconfianza comparativamente baja, lo que cobra sentido tomando en cuenta el énfasis confuciano y budista en que “todos somos uno” (confianza generalizada; Hoon Tan y Chee, 2005) y su propensión, también confuciana, a tolerar la corrupción como el aceite que lubrica la máquina social y burocrática (Chee y West, 2004, p. 105 y ss.). Singapur, en cambio, es uno de los (pocos) ejemplos de países que han logrado librarse de la corrupción acentuando otra de las herencias confucianas, la rígida jerarquía para implantar el orden desde arriba: “el pez se pudre a partir de la cabeza”. Excluir estos cinco outliers mejora notablemente el ajuste (R2=0.45; RMSE=1.7).

Un segundo factor aplicable a los países con bajos niveles de corrupción pero moderada (Hong Kong, USA, Gran Bretaña…) o alta desconfianza (Chile) es la equidad de sus sistemas de justicia: tribunales imparciales (aunque no necesariamente muy eficaces) reducen el temor subyacente a la desconfianza y con ello la necesidad de asegurarse apelando al tráfico de influencias o la confianza intragrupos.

La relación es robusta incluso introduciendo otra variables (PIB per cápita, etc.); que la flecha causal va de la desconfianza a la corrupción se deduce de modelos de ecuaciones simultáneas (Uslaner, 2008; 2004). En resumen, la desconfianza aumenta los costos de transacción (Zak y Knack, 1998), lo que a su vez genera una demanda de mecanismos de evitación y resolución de conflictos que serían superfluos en contextos de confianza generalizada. Dichos mecanismos pueden ser formales (un sistema de justicia equitativo) o, lo que es más frecuente, informales: los sistemas de compadrazgo en Latinoamérica y africa, la corrupción en su conjunto. Los primeros encarecen y ralentizan las transacciones; los segundos, además, las parasitan, desviando recursos, confirmando el temor catastrofista y la visión de suma cero de las que emerge la desconfianza –lo que cierra el círculo vicioso. Pues también la corrupción es resistente al cambio: la correlación entre el CPI de 52 países entre 1980-85 y 2004 es de 0.74 (Uslaner, 2009).

Erradicando la corrupción: institucionalismo vs. culturalismo

La lucha contra la corrupción parte generalmente de un supuesto institucionalista: que es producto de estructuras de incentivos mal diseñadas y que, por ende, cambiando dichas estructuras también se reducirá la corrupción. Así, se modifican los incentivos (por ejemplo, aumentando los salarios de los funcionarios) y se imponen castigos ejemplares (multas o prisión) con el fin de acabar con las “cabezas” en la esperanza de que eso desarme sus redes. Sin embargo, los diseños institucionales van y vienen y la corrupción persiste; y por cada cabeza que se corta emergen dos más. La “lucha anticorrupción” deviene en mecanismo de persecución política y reemplazo de grupos y líderes corruptos.

El mismo supuesto institucionalista conduce a otra propuesta: mejorar la transparencia e instaurar mecanismos de rendición de cuentas para que los votantes puedan “castigar” a los representantes corruptos en las próximas elecciones. Prometedora en su momento, el que haya sido aplicada en varios países en las últimas décadas sin que haya bajado apreciablemente su nivel de corrupción pone en duda su utilidad; como sugiere Ivan Krastev (véase también Krastev, 2013), lo que se logra aumentando la transparencia en un entorno corrupto es que los malversadores aprendan a ocultar mejor sus chanchullos. Por si fuera poco, la evidencia empírica (Fernández-Vázquez et al, 2013) indica que (al menos en España, y quizá en la América hispana) los votantes “castigan con su voto” a un funcionario de probada corrupción únicamente cuando ésta no redunda en un beneficio para la comunidad: “no importa que robe mientras haga obra”. De lo cual se deduce que la transparencia sólo es eficaz cuando se instaura en una cultura anti-corrupción preexistente cuya unánime censura moral obliga al malversador a renunciar a su puesto.

La explicación culturalista, por su parte, asume que la corrupción es parte de un sistema de valores y normas profundamente arraigado en una sociedad y que está fuera del alcance del diseño de políticas. Desde mi punto de vista, la desconfianza generalizada es la piedra angular de una explicación culturalista por la obvia y sencilla razón de que la corrupción se ve refrenada más por mecanismos informales de control (oprobio y escarnio públicos) que por los formales, que pueden después de todo caer presa de la misma red de corrupción. Lo que detiene al potencial infractor no es el temor a la justicia (poblada de corruptos o corruptibles como él mismo) sino al rechazo de sus allegados: “Comparados con el desprecio de la humanidad, todos los demás males son fáciles de soportar” (Adam Smith). Pero en el mundo homo homini lupus en que vive el desconfiado, la corrupción no es sólo justificable sino indispensable para salir adelante; y “entre bomberos no nos pisamos las mangueras”.

Por ende, erradicar la corrupción supone reducir la desconfianza, lo que se logra por medio de la educación y la equidad. Pues el principal determinante de la desconfianza es la inequidad (3)Inglehart y Welzel (2010) afirman que la confianza aumenta con el desarrollo económico; pero esto no explica por qué en los Estados Unidos la confianza ha ido disminuyendo sin parar desde los años 70 sin coincidir con cambios apreciables en la tasa de crecimiento pero sí con un grave aumento de la inequidad (Wilkinson y Pickett, 2009). El extremo de la desconfianza es el “estilo paranoide” (Hofstadter, 1964) de los “movimientos conspiranoicos” que, también a la par de dicha inequidad, se han ido expandiendo por Estados Unidos desde los años 70 (Goertzel, 1994; por ejemplo, los “sovereign citizens”).: la confianza moral se funda en una convicción de “estamos todos en el mismo barco” que las diferencias groseras y conspicuas de riqueza, ingreso e influencia, combinadas con la impotencia ante un sistema de justicia complaciente con los poderosos (otra forma de inequidad), terminan por transformar en miedo y resentimiento (“la ley es sólo para los de poncho”; Cf. Chi Ling, 2013; Uslaner, 2003b).

…¿y autoritarismo?

La Tabla 1 refleja la evolución de los mismos 9 países latinoamericanos del Gráfico 1 en el Polity Index, de 1997 a 2012. (El Polity Index, el indicador de democracia-autoritarismo o “patrones de distribución de la autoridad” más empleado en la literatura, va de -10, “monarquía hereditaria”, a +10, “democracia consolidada”, definida como la concurrencia de tres factores: participación política abierta, competitiva e irrestricta, reclutamiento de los representantes por medio de elecciones y amplias restricciones al poder ejecutivo). La mayoría presenta una evolución moderada pero continua hacia la consolidación democrática; las excepciones son Bolivia, que pasa del 9 en 1997 al 7 en 2012, Ecuador, del 9 al 5, y más dramáticamente, Venezuela, del 8 al -3. En los tres casos se da una reducción de las restricciones al ejecutivo junto con “facciones que compiten por la influencia política para promover agendas particularistas y favorecer a ciertos grupos en detrimento de agendas comunes, seculares o transversales”. Independientemente de la inclinación ideológica, se trata de una concentración del poder y un renacimiento de los grupos caudillistas. ¿Podría esta vena autoritaria, tan recurrente en la historia latinoamericana, obedecer también a la desconfianza?

Tabla No.1

Tabla No.1

En este caso, la asociación se manifiesta claramente en el nivel individual (quienes dicen que “nunca se es suficientemente cauteloso” tienden también a responder “Si no hubiese castigo las leyes no se cumplirían” o “para evitar el desorden se necesita mano dura”) pero no tanto en el agregado (la correlación entre el Polity Index y el ítem Rosenberg de desconfianza de estos 9 países en 2010 es positiva pero modesta, de 0.33), lo que puede deberse a dos razones: la dificultad inherente a la medición de un concepto complejo como “democracia” y el que su estructura subyacente debe de ser discreta y no continua. Los “patrones de distribución de autoridad” cambian gradualmente sólo cuando son ya más o menos democráticos: es entonces que la sociedad civil puede organizarse para ampliar sus derechos y limitar el poder estatal. Pero los regímenes autoritarios se modifican abrupta e impredeciblemente cuando la sorda insatisfacción de la mayoría es catalizada por alguna crisis de envergadura dando paso a una nueva repartición del poder (Acemoglu y Robinson, 2006; de hecho, el Polity Index es el resultado de la suma de dos valores, uno de “autocracia” y otro de “democracia”, que según sus autores configuran subsistemas interactuantes que coexisten en una misma sociedad).

Sin embargo, además de la asociación entre desconfianza y actitud pro-autoritaria en el plano individual, este vínculo causal puede también deducirse de la teoría política, análisis con el que concluyo este texto. Ismael Crespo señalaba en un influyente escrito (1995, p. 25 y ss) que el desenlace de la por entonces aparente “consolidación democrática” latinoamericana dependería del interjuego de dos variables:

  • Institucionalización: “el proceso de fijación… de patrones de comportamiento político… el reforzamiento de las estructuras de autoridad y mediación”;
  • Incertidumbre: “el grado en cual se incorporan a la arena política determinados actores… hasta ese momento excluidos para ser procesados de manera inclusiva por la vía competitiva”.

En un extremo se encontrarían los sistemas “congelados”, altamente institucionalizados en base a la exclusión de grupos e intereses distintos a los de las élites políticas; en el otro, los “delegados”, donde “la incapacidad para el diseño y la ejecución de asuntos estatales” obliga a canalizar las demandas de manera personalista a través de un caudillo (o “nuevo Leviathan”). ¿Cuál de las dos descripciones se aplica a los casos de Bolivia, Ecuador y Venezuela a juzgar por el Polity Index?

Stricto sensu, ambas. Si bien la emergencia de las “facciones” a que alude el Index ha permitido prima facie ingresar a la arena política a grupos antes excluidos (por ejemplo, el movimiento indígena en Ecuador), dichas facciones han tendido a modificar la estructura normativa con el fin de expandir el poder ejecutivo y reducir la competitividad (a través de, por ejemplo, la reelección indefinida) al tiempo que han ampliado el rol del Estado y rigidificado las instituciones por medio de la profesionalización tecnocrática, legitimándose en el masivo apoyo de las clases antes ignoradas por las élites y a las que han dedicado buena parte de su administración.

Ahora bien: estas “facciones” son, precisamente, los “intragrupos” antes mencionados que, fundados en la mutua desconfianza y ante la inexistencia de un tercero que se encuentre por encima de ellos (como el Peppe de la anécdota que encabeza este texto), son incapaces de alcanzar acuerdos vinculantes que trasciendan la ley escrita y permitan organizar un sistema político a la vez incluyente y eficaz. Así, optan por inclinar la balanza institucional cuando tienen oportunidad porque anticipan que sus opositores harán lo mismo llegado el momento; y lo hacen con pleno apoyo de una mayoría, también suspicaz, que comparte dicha expectativa. (Cabe apuntar que, como lo indica el Gráfico 1, los países de mayor confianza generalizada son todos nórdicos o con gran influencia anglosajona, sociedades en las cuales el debate y el respeto a la palabra dada son las formas culturales predominantes de resolución de conflictos; cf. Ruesch, 1961).

Si este análisis es correcto, la “eterna promesa” de la democracia sólida, estable, incluyente y eficaz en América Latina no surgirá únicamente de los diseños institucionales y el desarrollo socioeconómico: requerirá, sobre todo, del aumento de la confianza “moral” generalizada (4)Para una ampliación de este argumento véase Laso, 2012..

 

Referencias

  1. Acemoglu, D., y Robinson, J. (2006). Economic Origins of Dictatorship and Democracy. New York: Cambridge University Press.
  2. Chee, H., y West, C. (2004). Myths About Doing Business in China. New York: Palgrave Mcmillan.
  3. Chi Ling, C. (2013). Singapore’s Social Trust Deficit and the Problem of Inequality. Recuperado el 25 de agosto de http://chanchiling.com/2013/08/14/singapores-social-trust-deficit-and-the-problem-of-inequality/
  4. Crespo, I. (1995). ¿Hacia dónde van las democracias latinoamericanas? En Alcántara, M., y Crespo, I. (Eds.) Los límites de la consolidación democrática en América Latina. Salamanca: Universidad de Salamanca.
  5. Fernández-Vázquez, P., Barberá, P. y Rivero, G. (2013). Rooting Out Corruption or Rooting For Corruption? The Heterogeneous Electoral Consequences of Scandals. Manuscrito no publicado, New York University.
  6. Gambetta, D. (2007). La mafia siciliana: el negocio de la protección privada. México: Fondo de Cultura Económica.
  7. Goertzel, T. (1994). Belief in Conspiracy Theories. Political Psychology, 15, p. 733-744.
  8. Hanley, R. P. (2009). Adam Smith and the Character of Virtue. New York: Cambridge University Press.
  9. Hardin, R. (2002). Trust and Trustworthiness. New York: Russell Sage Foundation.
  10. Hofstadter, R. (1964). The Paranoid Style in American Politics. New York: John Wiley & Sons.
  11. Hoon Tan, H. y Chee, D. (2005). Understanding Interpersonal Trust in a Confucian-influenced Society: an Exploratory Study. International Journal of Cross-Cultural Management, Vol. 5., No. 2, p. 197-212.
  12. Inglehart, R., y Welzel, C. (2010). Changing Mass Priorities: The link between modernization and democracy. Perspectives on Politics, Vol. 8, No. 2, p. 551-567.
  13. Kennedy, G. (2005). Adam Smith’s Lost Legacy. New York: Palgrave McMillan.
  14. Krastev, I. (2013). In Mistrust We Trust: Can Democracy Survive When We Don’t Trust Our Leaders? TED; TED Books.
  15. Laso, E. (2007). Las instituciones desde la perspectiva psicológica: el punto de vista evolutivo. En Basabe, S. (Ed.), Instituciones e institucionalismo en América Latina: perspectivas teóricas y enfoques disciplinarios. Quito: CIPEC.
  16. Laso, E. (2010). La confianza como encrucijada: cultura, desarrollo y corrupción. Athenea Digital, Número 17, marzo 2010.
  17. Laso, E. (2012). Oxitocina, confianza y corrupción: una teoría sistémica del camino al autoritarismo. Athenea Digital, Vol. 12, No. 2, julio 2012.
  18. Rosenberg, M. (1956). Misanthropy and Political Ideology. American Sociological Review, Vol. 21, No. 6, p. 690-695.
  19. Ruesch, J. (1961). Therapeutic Communication. New York: W. W. Norton & Co.
  20. Uslaner, E. (2003a). Varieties of Trust. European Political Science, Vol. 2, p. 43-48.
  21. Uslaner, E. (2003b). The Moral Foundations of Trust. Presented at Nuffield College, Oxford University, Febrero 14, 2003.
  22. Uslaner, E. (2004). Trust and Corruption. En Lambsdorf, J., Taube, M., y Schramm, M. (Eds.), Corruption and the New Institutional Economics. Londres: Routledge.
  23. Uslaner, E. (2008). Corruption, Inequality, and the Rule of Law: The Bulging Pocket Makes the Easy Life. New York: Cambridge University Press.
  24. Uslaner, E. (2009). Corruption, Inequality, and Trust. En Svendsen, G. T., y Svendsen, G. L. (Eds.), Handbook Of Social Capital. Cheltenham: Edward Elgar Publishing.
  25. Wilkinson, R., y Pickett, K. (2009). The Spirit Level: Why More Equal Societies Almost Always Do Better. Londres: Allen Lane.
  26. WORLD VALUES SURVEY 1981-2008 OFFICIAL AGGREGATE v.20090901, 2009. World Values Survey Association (www.worldvaluessurvey.org). Aggregate File Producer: ASEP/JDS, Madrid.
  27. Zak, P., y Knack, S. (1998). Trust and Growth. (September 18, 1998). Available at SSRN: http://ssrn.com/abstract=136961 or http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.136961

 

Notas   [ + ]

1.El indicador más utilizado para medir la confianza generalizada es un ítem tomado de la “escala de misantropía” de Rosenberg (1956): “En general ¿diría usted que se puede confiar en la mayoría de las personas o que nunca se es lo suficientemente cuidadoso?” que se dicotomiza de modo que el entrevistado elige uno de los dos polos.
2.Fuentes: Corruption Perception Index, Transparency International; World Values Survey, 5th WaveLatinobarómetroAsian BarometerEuropean Values SurveyAfrobarometerEast Asian Barometer.
3.Inglehart y Welzel (2010) afirman que la confianza aumenta con el desarrollo económico; pero esto no explica por qué en los Estados Unidos la confianza ha ido disminuyendo sin parar desde los años 70 sin coincidir con cambios apreciables en la tasa de crecimiento pero sí con un grave aumento de la inequidad (Wilkinson y Pickett, 2009). El extremo de la desconfianza es el “estilo paranoide” (Hofstadter, 1964) de los “movimientos conspiranoicos” que, también a la par de dicha inequidad, se han ido expandiendo por Estados Unidos desde los años 70 (Goertzel, 1994; por ejemplo, los “sovereign citizens”).
4.Para una ampliación de este argumento véase Laso, 2012.

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Esteban Laso Septiembre 3, 2013 a las 8:00 pm

Un reciente paper confirma que la desconfianza se basa en los “sentimientos morales” (en este caso, la creencia de que las personas no pueden cambiar) y es resistente al cambio:
http://www.huffingtonpost.com/wray-herbert/healing-a-fractured-trust_b_3816796.html

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Juan Alvarado Enero 2, 2017 a las 10:46 am

Muy buen articulo.

Pienso que la desconfianza en el Ecuador o de américa latina viene del hecho que no seamos capaces de seguir un curso de acción predecible a nuestros procesos, ya sea productivos o contractuales. En pocas palabras no valoramos el cumplimiento de los acuerdos. Para dar predictibilidad a nuestras acciones se tiene que tener una mayor dosis de autorepresión en las personas, como si lo tiene un aleman, o un japones .
Este es un tema profundamente cultural, para bien o para mal, somos el país o la región de la gozadera y del sentimiento donde las circunstancia azarosas pesan mas que el compromiso por la construccion de un orden social incluyente. Y en ese contexto, cuando nuestra falta de autoorganización (autorepresión) colapsa en el despelote institucional, ahí invocamos la figura del hombre fuerte que ame al Ecuador para que nos salve de nuestro propio caos.

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